No se dice pequé por inocente, se dice pequé por un tamal


La historia, aunque parece ficción es verídica y jocosa. El día que los hechos acontecieron la mujer que fue víctima de su propia inocencia, salió como de costumbre a la tienda, sin prevenir tan siquiera que el hecho de sonreír le trajera unas cuantas miradas negativas. 

Mientras caminaba se topó con un vecino; por cortesía lo saludó y le sonrió. Estaba acompañado de quien la mujer supuso era la esposa, aunque nunca antes la había visto. Estaban prendiendo un fogón de leña y, junto a ellos, una olla de tamales. 

Ella recordó que el mes anterior el vecino le había compartido una bolsa con dos tamales, uno para ella y otro para su esposo. Aquel día el vecino la tomó por sorpresa y le preguntó

— ¿Vecina, le gustan los tamales? 

En ese instante quiso parecer modesta, pero era imposible; ella había crecido comiendo y vendiendo tamales. Su mamá solía cocinar los más deliciosos manjares en hoja de plátano. En la casa los sábados se habían convertido en un día especial porque en la cocina se esparcía el apetitoso olor a maggi, comino y el guiso de cebolla larga, tomate y ajo con que sazonaban las presas de pollo y la costilla de cerdo. 

— La verdad, vecino, yo crecí comiendo tamal y me encantan. Mi mamá hacía tamales. 

— Vecina, pues mire, para que coman en la casa. 

Los ojos de la mujer evidenciaban su felicidad, y es que de todas las comidas que podían ofrecerle el tamal era su preferido.

— Muchasss gracias, vecino, y ¿usted hace para vender? 

— Sí vecina, a veces. 

— Pues la próxima vez me avisa pa´ comprarle. 

Sonriente se fue con su bolsa de tamales a disfrutarlos con su esposo. Este le mencionó que ojalá el vecino le avisará la próxima vez para comprarle. 

Y la próxima vez había llegado, allí estaba el señor nuevamente con una olla de tamales.  La mujer pensaba para ella misma, «le preguntó si es para vender» «estará bien decirle» «¿qué hago?» 

Así que aprovecho el momento y dijo sin pensarlo. 

— Vecino, ¿hizo tamales pa´ vender? 

El hombre sonrió y negó con la cabeza al tiempo que vio a la señora quien permanecía sería y callada junto a él. 

— Ahhh vecino, me antojó de tamal. 

Dijo jocosamente luego, pero al escucharse y ver la cara de la señora presintió que debía irse lo más pronto de allí. 

— Bueno, hasta luego. 

Caminó apresurada a su casa y se retracto de ir a la tienda, repitió entre dientes las últimas palabras que había dicho “me antojó de tamal”. Cómo pudo decir esa frase en medio de tal situación, qué pensaría la señora, que imaginaría el señor; se golpeaba la cabeza por la enorme torpeza. Pero lo que no esperaba era lo que iba a suceder tras llegada la noche. 

Cuando parecía que en todo el barrio ya dormían. Alguien golpeó la puerta. La mujer abrió con cuidado la ventana y allí estaba frente a ella su vecino con una bolsa y dos tamales dentro de ella. 

La mujer no supo qué decir; su vecino le pasó la bolsa, le sonrió y salió apresurado. 

Ella tomó la bolsa y fue a servir los tamales con la extraña sensación de estar viviendo una situación secreta con el vecino por un tamal.


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