El campesino que le dejó el alma al diablo

Benjamín Cubillos murió a orillas del río Yarí en la selva amazónica. Si ya ha leído Mi alma se la dejo al diablo recordará que junto a su cadáver encontraron un escrito a modo de testamento. Escribió que el diablo se le aparecía todas las tardes para llevárselo, dice que lo miraba y salía de río en forma de cerdo. También cuenta que esa misma tarde se le apareció como perro con cabeza negra y cachos. «Quiere mi alma», indicó insistentemente.

La obra es una crónica escrita por Germán Castro Caycedo. Los sucesos acontecieron en los años 70 en la zona selvática que comprende los ríos Yarí, Apaporis y Caquetá. Leí la versión de la editorial Plaza & Janes, la tercera que se publicó en abril de 1982; la primera salió en febrero del mismo año. Debí comprar la obra en una feria de libros viejos o en una librería de libros usados. Hace más de 5 años tenía pendiente la lectura. Me animé a leerla luego de terminar Satanás de Mario Mendoza y porque comencé a tratar la crónica en mis clases de Lengua y Literatura.

Ernest “Slim” Bauer fue la última persona que tuvo contacto con Benjamín. Bauer no soportó el desespero de su compañero y lo abandonó. Se fue río abajo en un último intento por salvar su vida. Ya había vivido una experiencia similar y sobrevivió. Ernest era estadounidense, salió de su país por algún suceso oscuro de su vida. Llevaba varios años viviendo en la selva de la Amazonía colombiana y hasta hablaba la lengua de algunas comunidades propias de la zona. Esto fue lo último que escribió en su diario:

«No puedo ver ningún otro camino para salir de esta situación, excepto tratar de ir río abajo, a Araracuara. No tengo suficiente gasolina para ir río arriba y además pienso que el 18 [motor fuera de borda] no me pueda impulsar. Tampoco puedo estar otro día con este hombre que está completamente loco. El (sic) evoca el infierno todo el día, grita y chilla. Todo lo que necesitamos es que la suerte nos ayude. Slim Bauer».

Germán Castro Caycedo. Mi alma se la dejo al diablo. Pág. 217.

Un grupo de personas encontraron el esqueleto de Benjamín, entre ellos, Oscar Rivera, un tipo de héroe para las comunidades étnicas de aquel tiempo y lugar. Llevaban varios meses perdidos. Los relatos que logra articular Germán Castro Caycedo en esta crónica son fascinantes. En especial, me llamó la atención el encuentro de culturas con quienes nunca se había tenido contacto. Por ejemplo, Oscar cuenta que en cierto momento son perseguidos por una tribu «brava» dando a entender que, posiblemente, eran caníbales. Me pregunto si estas tribus bravas aún se mantienen en lugares inhóspitos de esta selva.

La lectura de esta obra no solo me ha impactado por lo que cuenta, también me ha sorprendido. Los que también la han leído reconocerán la importancia del relato de Ana Judith, la hermana de Benjamín Cubillos, quien se hizo cargo de él después que mataran a su padre y la familia se viera obligada a desintegrarse. Pues bien, les voy a contar la mayor sorpresa que tuve.

Una tarde, mientras avanzaba en la lectura, un profesor compañero de trabajo se percató que lo estaba leyendo. De todos modos, me preguntó por el título, seguramente para confirmar que se trataba del mismo libro.

—Ah, sí. Es muy bueno. Mi mamá le cuenta toda esa historia. Ella tenía la primera edición. Ha prestado dos y no se lo han devuelto.

—Entonces, ¿con su mamá podemos conversar apenas termine de leerlo?

—¡Claro! Cuando guste profe. Ella todavía tiene energías para hablar largo rato. En la foto que aparece en el libro no tenía tantos años como ahora.

—¿Cómo así profe, su mamá aparece en el libro?

—Si, ¿todavía no ha llegado a esa parte? Ella aparece en una foto, es Ana Judith. Es que Benjamín Cubillos era mi tío.

Efectivamente, adelanté varias páginas y en la 224 encontré la foto de la señora Ana Judith. Algunos profes que afirmaron haber leído el libro también se sorprendieron. El profe Pedro nos cuenta que su mamá todavía guarda la copia del testamento de Benjamín. El Relato de Ana Judith es uno de los que más me conmovió. 

Me he entusiasmado por releer la obra y pienso convencer a mis estudiantes de vincularla al plan de lectura del próximo año. Por estos días visitaré a la señora Ana Judith, quizá me cuente más de la historia. De hecho, el profe Pedro Luis me dijo que de los 15 hermanos de la mamá solo quedan 3, de los hijos de Benjamín Cubillos, al mayor lo asesinaron; y así he continuado la lectura de la obra más allá de sus páginas. 

Tómese por coincidencia el hecho de haber leído Mi alma se la dejo al diablo por estos días, pero no deja asombrarme el haber encontrado la secuencia de uno de los relatos por fuera del libro. Este es un aspecto que considero valioso de escribir y leer crónicas periodísticas.

Esta es Ana Judith a sus 90 años. Foto tomada por su hijo Pedro Luis Ureña Cubillos el día 11 de octubre de 2021.

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