Atardecer

Río Putumayo, Leguízamo. Autorretrato del autor. (Diciembre de 2015)

Llovió parte de la noche, el ventarrón derribó varios árboles en el pueblo. En muy temprano para notar que, en la casa donde está el viejo palo de mango, yace Jorge con los ojos abiertos como mirando el cielo.

Aquella noche un ruido lo despertó. Estaba oscuro, no podía notar si florecía la noche o amanecía. Afuera la brisa y los nubarrones se confabulaban para una de las acostumbradas borrascas de octubre. La calle más alegre del pueblo se tornó solitaria y tenebrosa. Recordó que había amarrado una soga en la viga; ya no tenía miedo, aplazó el viaje. Escuchó el ruido, era la teja de cinc que se había despegado tres horas antes tras el salto de un gato; el estruendo, en aquel instante, lo asustó. Volvió a cerrar los ojos y murmuró: «es un placer obligado dormir con el arrullo de la lluvia. Una buena noche y otro día más, por si me falta algo que empacar; no te afanes mi querida cuerda».

En la mañana del día anterior no tenía ningún motivo para colgar una soga y planear el viaje, pero la incertidumbre lo abrumó. Había perdido la noción del tiempo, se esforzó para recordar qué día era, hacía cuánto estaba en aquel lugar y en ese estado. La vida le fue angustiosa desde aquel instante y terminó por pensar en la única solución a la que llegaba siempre que se sentía de esa manera.

Como era sábado y no tenía hambre, se alistó para ir a sentarse en el andén de la casa con Yuyo, su vecino. Este siempre se levantaba y subía a la casa, con cepillo de dientes en mano, para despertarlo; nunca tocaba la puerta que era fácil de abrir. Se habían acostumbrado a dialogar en aquel lugar y pasar el tiempo hablando de cualquier cosa; a todo le daban explicación con un tinte cómico. Se estaban allí hasta el medio día. El humor con que trataban sus temas era el modo de no caer en lo trágico y el desespero de vivir. Sus risas amenizaban con el fresco de la mañana bajo la sombra del inmenso ramaje del palo de mango que se esparcían por encima de la casa.

Cuando Jorge quedó solo, comenzó a desesperar. No lograba determinar qué hacía en ese pueblo. El efecto de la risa duró mientras hablaba con su amigo. Un crujido en el vientre lo obligó a pararse e ir a la cocina, pero no tenía sentido comer, así como tampoco le encontraba sentido a todo lo que implica vivir. Concluyó que había estado once años en el colegio preparándose para morir, el diploma que recibió a fin de año podía ser la lápida de su tumba. Ni siquiera Dios era su amparo, creía que no tenía derecho a recurrir a la deidad desde que dejó de ir al templo. Impulsado por su voz interior fue al patio, agarró una soga y una escalera, los llevó a la pieza, acomodó la escalera; subió, amarró el lazo en la viga e hizo un dogal. Un cúmulo de sentimientos encontrados en su pecho lo deprimió; de pronto, en su interior se desató un colosal miedo por la muerte, pero entró en razón y no encontró motivos para seguir viviendo. Acostado en la cama, miró la soga colgada; extrañamente se puso a reír a boca abierta cuando se preguntó si el método escogido era letal o corría el riesgo de quedar vivo; pensó en lo que diría Yuyo. Entonces se sintió feliz de su actitud. Concretó su decisión como un viaje, a la siete de la noche era buena hora para partir; tres horas eran suficientes para empacar un último deseo.

Se sentó, se paró, se movía de un lado a otro. Al fin, sin definir cuál sería su deseo, decidió salir sin rumbo a eso de las cinco de la tarde. Caminar lo tranquilizaba. Miraba a un lado y otro, intentó distraerse. Recordó otros tiempos que, bien dicho por el poeta, fueron mejores. Pasó por la carrera primera junto al río cerca a la base naval donde vivió algún tiempo; recordó las imágenes del lugar, eran iguales a cuando llegó por primera vez a la casa de la esquina donde vivió con su mamá. Como si no hubieran pasado los años, lo envolvió la misma sensación, la sentía en el aire, en las casas, en las paredes carcomidas por el tiempo, en los árboles ahora más grandes; en la soledad que, desde ese entonces, se posó en las raíces de su alma a carcomer sus esperanzas y sueños. Miró los bongos que se encontraban en la orilla, allí arrimaban los botes. Desde la calle, junto a la casa, vio el sol, el resplandor atravesado en el agua; y se acordó de su último deseo. No podía dejar escapar la inimaginable caída de sol del pueblo que lo vio nacer. Fueron varios los años que vivió allí, pero no se había dado cuenta del atardecer que siempre tenían un vestido diferente y esta vez se lucía el mejor atuendo.

Fue al muelle más cercano, se sentó en un muro y miró hacia la inmensidad de su deseo, sintió como si fuera parte de una pintura. De hecho captó que las nubes estaban hechas como por pinceladas. El sol bajó apresurado en el horizonte, entre los árboles, como si estuviera retardado en su compromiso con el otro lado del mundo. En un par de minutos, el color de sus rayos destellaron, las nubes en su contorno eran como hierro al fuego; las tinieblas invadieron la multitud de árboles que se encontraban en frente de donde estaba sentado. El astro ahora era de sangre y a cada instante más vivo, el cielo se hizo de un fugaz oro. Miró en el espejo de agua el mismo color del sol que poco a poco se escondió entre las montañas; algunas nubes, a lo lejos, quedaban como manchas negras en medio del círculo carmesí. El mejor momento fue solo un instante. El reflejo del sol desapareció. Las nubes en partes parecían rosas, violetas y, otras, flores negras como el destino de Jorge. Terminaron por semejarse a una alfombra de bellos colores en el cielo por donde había pasado el rey del sistema solar. Un conjunto de gaviotas, el ruido de un motor y el canto de los mochileros lo despidieron, le recordaron su destino final; la naturaleza había comprendido su estado y tal vez sintió repugnancia de que en su seno hubiera personas como él. Contempló por última vez el cielo, pensó en lo maravilloso que es el mundo y en su inexplicable lógica. De lo anterior no quedaba sino la finitud.

Río Putumayo, Leguízamo. Foto tomada por Javier Claros (2010).

Faltaban veinte minutos para las siete. Caminó con dirección a la casa que estaba a cuatro cuadras. En el otro extremo del cielo observó un nubarrón que amenazaba con llover posiblemente al amanecer. Llegó a la casa, abrió la puerta y cerró como siempre. Se dirigió a la pieza donde estaba su cama, se acostó, miró el tiquete del viaje que colgaba de la viga. No quería pensar en nada, pero un frío se apoderó de sus piernas y lo llenó de nervios. Se acordó de cosas absurdas. Lloró… lloró amargamente. Un gato cayó en el cinc, el estruendo le pasó como un corrientazo por el cuerpo. Tenía miedo. Muchos recuerdos del colegio se le vinieron a la memoria y de aquellas personas que consideraba sus amigos. Cerró los ojos para no llorar; sin embargo, por su mente seguían pasando las imágenes de otros momentos: la primera novia, el primer beso, los bailes culturales, los recreos en el colegio, los amigos con quien jugaba futbol-sala, la lleva, el escondite… dejó de llorar porque se quedó dormido.

Yuyo acaba de asomarse. Será el primero en verlo. Desde la puerta de su casa nota que el palo de mango ha cambiado de aspecto. Se dirige a la casa de Jorge; entra, el techo está destrozado por el golpe y el peso de la rama que le ha caído. Camina hasta la pieza de su amigo por el piso encharcado, abre la puerta y observa con asombro. Hay hojas de mango por todas partes. Ve que una rama y una viga le han caído encima, le han golpeado la cabeza. De los labios de Jorge se desprende una tiesa sonrisa que le ahuyenta el horror y la tristeza. Se deja llevar por la sensación de tranquilidad que le produce el rostro. No tuvo ganas de avisar al pueblo, pero no podía enterrarlo solo. «Parece una broma» dice para sus adentros mientras cierra esos ojos que parecen mirar el cielo.

FIN

Cuento publicado en la Antología Maniguaje. Cuentos desde el Caquetá. Dirección y compilación a cargo de Hermínsul Jiménez Mahecha. Editado por Común Presencia Editores. Y agradecimientos a la Red Relata y el Taller de Escritura Creativa de Florencia.

Lectura en voz alta del párrafo 6 por parte del autor.

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