De siete a ocho

La Luna y yo nos hemos hecho amigos y todas las noches de siete a ocho hablamos de ti. Las nubes despejan el cielo y emerge la luz de las estrellas. El sol ha dejado tras de sí un destello multicolor en el horizonte. Y la Luna está junto al río para que le cuente secretos. En realidad es solo uno; al menos es uno el que motiva mi alegría y mi tristeza. Con ella envío un mensaje que llega a tu lecho.

Hablo con la Luna y las estrellas escuchan. ¿Qué te dirán las estrellas? Porque con la Luna tenemos secretos. Ella, todos los días después de las ocho, te deja el mensaje; el mismo mensaje todos los días; espero que no te haya contado el secreto que le he confiado. Sentado, en la orilla del río, me he acercado a la Luna y ella a mí y le he confiado muchos secretos.

Ha habido momentos que, entre las siete y las ocho, mis ojos se nublan. He llorado porque algunos secretos son tristes y mis aguados ojos ven cómo el fluir del agua se lleva entre sus olas mi estúpido lagrimear. Claro, no siempre es así, también hubo momentos en que reímos; si, también reímos cuando le cuento a la Luna algunos recuerdos cómicos que tengo de ti. Hay veces en que la Luna me mira y yo la miro, nos decimos todo en silencio y las estrellas tiritan de impaciencia porque no entienden los silencios. Hay veces en que lloro, río y estoy en silencio; y la Luna se va porque ya son las ocho.

Le digo a la Luna que te lleve el mensaje. Tal vez esté aburrida porque siempre es el mismo mensaje y lo único que le anima a venir junto al río sea escuchar más secretos. No sé si te ha dejado el mensaje; me ha dicho que algunas veces te ha encontrado dormida y el mensaje se lo susurra al oído, no sé si sea verdad. Pero lo creo porque sueles acostarte temprano. En las noches de siete a ocho la Luna me espera junto al río. Al final de la hora te mando el mensaje, siempre el mismo mensaje. No sé si sabes escuchar la Luna o al menos la ves sin importar la hora que sea; sólo espero que te haya llegado el mensaje.

Que día salí a ver el cielo multicolor y me sorprendió mirar la Luna. Estaba taciturna, menguante, me evitaba; pero, allí estaba junto al río esperándome más temprano que de costumbre. Me senté en la ribera y la contemplé, no dije nada pero, sospechaba, estaba allí, con recelo, porque venía a decirme algo… de ti. Tenía afán de contarme porque no quería verme triste para cuando fuera de siete a ocho. Me contó con lujo de detalles lo que cualquier enamorado no quiere escuchar; el alma se me desvanecía, los ojos tornaron a nublarse y mi corazón dejó de latir por un instante. En un momento dado y al borde de desfallecer, le dije a la Luna que no me contara más y que esa noche habláramos de otra cosa; si era posible no volveríamos a hablar de ti. Reinó el silencio. De pronto nos vimos contemplando el cielo multicolor, la arboleda y el río.

Al siguiente día vi que la Luna había llegado nuevamente temprano. Pero no salí hasta que fue la hora pactada. Para entonces, ella se había ido; habló con las estrellas. También me ignoró. Desde aquel momento sentí amar la Luna. Creo amarla porque el hecho de que no se haya acercado a la orilla del río me dolió tanto como cuando tú me ignorabas en los días que te llamé después que terminamos. ¿Te acuerdas? La Luna no volvió a acompañarme. Ni siquiera se acercó para poder verla de lejos. Desde entonces, de siete a ocho, me acuesto en la playa y miro la multitud de estrellas en el firmamento. A ellas nunca les hablo de ti. 

Ahora de siete a ocho te recuerdo lo suficiente para aceptar el perdón. Debo confesar que todo lo que vivimos está en el cofre donde guardo los más valiosos recuerdos. Está aquí, en un lugar donde el pálpito también los mantiene vivos. Sin embargo, debo aceptar que sólo el recuerdo no ha sido suficiente para que el amor que siento por ti siga creciendo. Está ahí, estable, esperando a que llegue el día de volverte a ver o a que se petrifique este sentimiento.

Ahora el mensaje te lo envío en retazos de vientos, tal vez te lleguen, tal vez no; no sé si has escuchado susurros cuando la brisa te acaricia el rostro y los hilos de cabello se mueven como las hojas en los ramajes de los árboles en las tardes de invierno. No sé si sabes escuchar el viento.

Esta es mi circunstancia, el sumar minutos, el pasar trayéndote al presente con recuerdos. El aceptar un día más, un día menos…

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